EL FIN VIOLENTO Y NECESARIO
por Vicente Echerri
Entramos en el Año Nuevo con la imagen de Saddam Hussein colgando (en su sentido más literal) en las pantallas de nuestros televisores y computadoras. El video oficial que divulgó primero el gobierno iraquí estaba revestido de mayor dignidad; pero el que tomó, valiéndose de un teléfono celular, uno de los testigos de la ejecución, y que ya ha visto medio mundo, no excluía ninguno de los elementos grotescos que están siempre presentes en un patíbulo, además de los insultos que le dirigieron a Saddam algunos de los presentes. Esto último ha venido a robustecer los argumentos de los que sostienen que la muerte del depuesto tirano de Irak es más un acto de venganza de chiitas y kurdos que de justicia ejemplar.
En Europa Occidental, donde la pena de muerte se abolió hace décadas, el horror provocado por esta ejecución bordea el ridículo, si es que no va más allá. Todos se están haciendo cruces --y no sólo el Papa, que al menos ése es su oficio--, sino portavoces de gobiernos y personalidades públicas, para no hablar de activistas pro derechos humanos, en Italia, en Francia, en España, en Gran Bretaña... En el énfasis hay un juego hipócrita de irresponsabilidad cultural. El subtexto es obvio: ''miren lo que son capaces de hacer esos bárbaros iraquíes y los no menos bárbaros americanos, y así dicen estar estableciendo la democracia''. Olvidándose, por ejemplo, que el primer acto para fundar la presente democracia italiana fue colgar el cadáver de Mussolini por los pies de un gancho de carnicería en una plaza pública.
No sólo creo en que el tirano debe ser ejecutado, sino que esa ejecución no debe conllevar ninguna inmerecida dignidad. La actuación criminal de Saddam Hussein lo había excluido hacía tiempo de su condición humana, de suerte que el largo y tedioso juicio, con todas las irregularidades que quieran apuntarle, y este final casi piadoso son, más bien, las aberraciones, así como el entierro con deudos y banderas, bastante diferente de las fosas comunes que él les destinó a miles de infelices iraquíes.
Para un tipo como Saddam Hussein, los iraquíes podían haber revivido un ajusticiamiento ejemplar que los ingleses practicaron hasta el siglo XVIII y que consistía en levantar de la horca al reo (no dejarlo caer por una trampa que lo desnucaría casi instantáneamente), y luego descenderlo, vivo aún, para castrarlo en público (como símbolo de que su simiente no habría de perpetuarse), abrirlo en canal y extraerle las entrañas para ser quemadas como anticipo del fuego del infierno (no olvidemos que el gran criminal es siempre un hombre sin entrañas) y finalmente descuartizarlo para que su cabeza y sus miembros expuestos en distintos lugares sirvieran de testimonio y de escarmiento.
Comprendo que esta receta es un plato muy fuerte para el gusto refinado de nuestra época, pero la muerte de Saddam Hussein, para de veras exorcizar los crímenes de una pavorosa tiranía, al tiempo que exculpar a muchos cómplices menores, merecía haber sido más expedita y más dramática: ejecución sumaria en el momento de su arresto, exhibición del cadáver como parte de una catártica ceremonia de degradación y luego cremación del cadáver y aventamiento de las cenizas, de ser posible fuera del territorio nacional. Los iraquíes serían hoy más libres de esta sombra siniestra, como lo han sido los rumanos desde la muerte de Nicolai Ceausescu.
Lo verdaderamente lamentable es ver que el responsable de la desgracia de todo un pueblo disfrute de los derechos procesales de los que privó por tanto tiempo a todos sus conciudadanos; más triste aún es verlo adentrarse en la vejez, la enfermedad y la muerte, de manera natural, como cualquier otro individuo, sin que la violencia que rigió su vida llegue de súbito a establecer una saludable simetría.
Entramos en el Año Nuevo con la imagen de Saddam Hussein colgando (en su sentido más literal) en las pantallas de nuestros televisores y computadoras. El video oficial que divulgó primero el gobierno iraquí estaba revestido de mayor dignidad; pero el que tomó, valiéndose de un teléfono celular, uno de los testigos de la ejecución, y que ya ha visto medio mundo, no excluía ninguno de los elementos grotescos que están siempre presentes en un patíbulo, además de los insultos que le dirigieron a Saddam algunos de los presentes. Esto último ha venido a robustecer los argumentos de los que sostienen que la muerte del depuesto tirano de Irak es más un acto de venganza de chiitas y kurdos que de justicia ejemplar.
En Europa Occidental, donde la pena de muerte se abolió hace décadas, el horror provocado por esta ejecución bordea el ridículo, si es que no va más allá. Todos se están haciendo cruces --y no sólo el Papa, que al menos ése es su oficio--, sino portavoces de gobiernos y personalidades públicas, para no hablar de activistas pro derechos humanos, en Italia, en Francia, en España, en Gran Bretaña... En el énfasis hay un juego hipócrita de irresponsabilidad cultural. El subtexto es obvio: ''miren lo que son capaces de hacer esos bárbaros iraquíes y los no menos bárbaros americanos, y así dicen estar estableciendo la democracia''. Olvidándose, por ejemplo, que el primer acto para fundar la presente democracia italiana fue colgar el cadáver de Mussolini por los pies de un gancho de carnicería en una plaza pública.
No sólo creo en que el tirano debe ser ejecutado, sino que esa ejecución no debe conllevar ninguna inmerecida dignidad. La actuación criminal de Saddam Hussein lo había excluido hacía tiempo de su condición humana, de suerte que el largo y tedioso juicio, con todas las irregularidades que quieran apuntarle, y este final casi piadoso son, más bien, las aberraciones, así como el entierro con deudos y banderas, bastante diferente de las fosas comunes que él les destinó a miles de infelices iraquíes.
Para un tipo como Saddam Hussein, los iraquíes podían haber revivido un ajusticiamiento ejemplar que los ingleses practicaron hasta el siglo XVIII y que consistía en levantar de la horca al reo (no dejarlo caer por una trampa que lo desnucaría casi instantáneamente), y luego descenderlo, vivo aún, para castrarlo en público (como símbolo de que su simiente no habría de perpetuarse), abrirlo en canal y extraerle las entrañas para ser quemadas como anticipo del fuego del infierno (no olvidemos que el gran criminal es siempre un hombre sin entrañas) y finalmente descuartizarlo para que su cabeza y sus miembros expuestos en distintos lugares sirvieran de testimonio y de escarmiento.
Comprendo que esta receta es un plato muy fuerte para el gusto refinado de nuestra época, pero la muerte de Saddam Hussein, para de veras exorcizar los crímenes de una pavorosa tiranía, al tiempo que exculpar a muchos cómplices menores, merecía haber sido más expedita y más dramática: ejecución sumaria en el momento de su arresto, exhibición del cadáver como parte de una catártica ceremonia de degradación y luego cremación del cadáver y aventamiento de las cenizas, de ser posible fuera del territorio nacional. Los iraquíes serían hoy más libres de esta sombra siniestra, como lo han sido los rumanos desde la muerte de Nicolai Ceausescu.
Lo verdaderamente lamentable es ver que el responsable de la desgracia de todo un pueblo disfrute de los derechos procesales de los que privó por tanto tiempo a todos sus conciudadanos; más triste aún es verlo adentrarse en la vejez, la enfermedad y la muerte, de manera natural, como cualquier otro individuo, sin que la violencia que rigió su vida llegue de súbito a establecer una saludable simetría.
Y pensar que en el Perú, el mas grande criminal sanguinario terrorista, Abimael Guzmán, goza de una carcelería dorada pagada con nuestros impuestos, gracias a la protección de ONG izquierdistas que solo defienden los derechos humanos de estos delincuentes, y de políticos con ideologías marxistas afines, que tuvieron su máximo esplendor durante los gobiernos de Paniagua y Toledo. Y encima, resulta que ahora la llamada Corte Interamericana, quiere que el Estado peruano le pague millones a los familiares de estos asesinos, que se le levanten monumentos y que se le otorguen condecoraciones.

CORTE INTERAMERICANA DE DERECHOS HUMANOS
JUECES QUE DEFIENDEN A TERRORISTAS


